Don Ciriaco y la tienda que se estaba acabando

0
42

Había una vez un hombre bueno y trabajador llamado Don Ciriaco, que tenía una tiendita en una esquina del barrio Las Rosas. Era una tienda sencilla pero surtida, con pan calientito en la mañana, fruta fresca al mediodía, y todo lo que hacía falta para el hogar.

Don Ciriaco atendía con alegría, saludaba por el nombre a cada vecino y siempre tenía un dulce para los niños. Pero aunque la tienda tenía ventas todos los días, algo extraño pasaba: el dinero nunca alcanzaba.

Y no era porque Don Ciriaco fuera flojo o gastador. Al contrario, era un hombre de familia, generoso y entregado. Si su hija necesitaba zapatos nuevos, los compraba con el cambio de la caja. Si su esposa quería arreglar la cocina, usaba lo que había vendido en leche. Y si algún sobrino pasaba apurado, siempre salía con una bolsita de arroz y algo de efectivo.

Así, sin darse cuenta, Don Ciriaco se estaba acabando su tienda.

Un día, un proveedor importante le dijo:

—Ciriaco, ya no puedo darte más crédito. Llevas tres semanas sin pagarme.

Y ahí fue cuando cayó en cuenta. Se sentó solo, al anochecer, con las cuentas en la mesa y el corazón hecho un nudo. No se arrepentía de ayudar a su familia, pero entendió que si seguía así, no quedaría tienda, ni trabajo, ni ayuda para nadie.

Al día siguiente, con mucha humildad, reunió a su esposa y sus hijos.

—Familia —dijo—, he estado tomando del negocio para resolver nuestros problemas, pero si seguimos así, nos vamos a quedar sin tienda y sin sustento. Necesito que entre todos cuidemos este negocio como se cuida una planta: con paciencia y sin arrancarle las hojas cada vez que queremos sombra.

Desde ese día, Don Ciriaco puso orden. Separó el dinero de la tienda del de la casa, llevó un cuadernito de ingresos y egresos, y aunque al principio fue difícil, aprendieron a planear mejor los gastos. Incluso su esposa comenzó a hacer pan casero para vender, y sus hijos ayudaban después de la escuela.

Con el tiempo, la tienda no sólo se recuperó: creció. Volvieron los productos, volvieron los clientes, y volvió la tranquilidad a su hogar.

Y Don Ciriaco, con una sonrisa, decía a quien le preguntaba:

—Antes me comía la tienda. Ahora la cuido… y ella cuida de todos nosotros.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here